14 de mayo de 2009

Desde Brasil: la misión es asunto de todos

Decirles que, con dos meses más ya contaré con 6 años en este Brasil. En los primeros cinco años fue cosa de trabajar en la formación, en un Seminario regional de filósofos y luego en una parroquia. Aquí, en Mato Groso, uno encuentra de todo: violencia, enfermedades raras, ríos que se desbordan, tierras secas, puentes que te hacen temblar y gran deforestación de bosques... en todo esto, también decirles que uno puede ver una Iglesia que intenta estar en el camino del Concilio con acentos bien fuertes en el campo social.
Donde estoy destinado, debo atender 3 municipios que suman unas 20 comunidades donde no es fácil, en tiempo de lluvia, llegar hasta ellas. En algunas ocasiones, no tengo otra manera que ir en canoa y les puedo decir, que el río, siempre, es un momento de descanso, especialmente, cuando es de mañana o de tarde procurando que el viaje no sea en horas de mediodía para no quedar achicharrado por el sol.
La formación religiosa de la gente es bien pobre y no da para encontrar personas que sepan de los 7 sacramentos. Hasta el bautismo a veces es sustituido por otro que llaman de fuego, y ellos con esta forma, hasta viven tranquilos. Las sectas, por aquí, se aprovechan de la ignorancia de los bautizados y así van creando confusión en nuestros fieles.
La prelacía o diócesis es bien grande y su extensión es de unos 150 mil km. cuadrados y el compañero más lejano lo tengo a más de un día de coche o de barco. Los sacerdotes en este mundo de prelacía somos 14 y en el trabajo nos ayuda un grupo de religiosas. Las distancias hacen que nuestras uniones sean una vez por año y para de contar...
Los desafíos pastorales que tenemos, son el mundo de formación, el de fomentar las vocaciones... intentamos decir a la gente que son ellos los que tienen que ayudar a su Iglesia. Y que el domingo es Día del Señor, para escuchar su Palabra y juntos agradecer la vida y la fe.
Cuando pienso en por qué estoy aquí, ayudando en este mundo, encuentro algo de mi vocación en el colegio de los Salesianos. Fue en aquellos años cuando recuerdo ver algún misionero hablando de estos mundos y a uno le entra el gusanillo de la misión. Luego más tarde, en el Seminario cuando vine a saber que el Papa pidió urgentemente a las diócesis de Europa que ayudaran a América, y de aquella llamada nacieron vocaciones entre los sacerdotes diocesanos.
Más tarde, el Concilio Vaticano II en el Decreto Ad gentes insistió en que las diócesis abriesen la posibilidad de enviar sacerdotes suyos a la misión. Un día, se lo planteé a nuestro Ramón (Obispo Emérito), y después de algunas conversaciones me autorizó venir para este mundo, cosa que le agradezco aunque confieso que no fue fácil obtener el sí.
Cada dos años, los sacerdotes diocesanos de España nos reunimos en un país de América Latina. Este año fue en Cuba y allí conocimos la situación de este pueblo tan querido por nosotros los canarios. En el encuentro pude vera a Manolo Acosta, de nuestra Diócesis y a Pablo de Tenerife. Confieso que fue un encuentro de lo más interesante.
Desde Mato Groso mando un abrazo y dejo a los amigos un pensamiento de Pedro Casaldáliga, donde él afirma que en la Iglesia donde hay sólo normas y no hay calor humano todavía la Iglesia de Cristo no está presente.


Francisco Martel, misionero canario.

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