8 de junio de 2011

Despedida y agradecimiento de Mons. Francisco Pérez

En el momento de mi despedida como director nacional de OMP, quiero agradecer la labor tan importante que directores diocesanos, trabajadores y voluntarios de OMP han realizado durante estos diez años en los que, “codo con codo”, he podido desempeñar y compartir uno de los trabajos más importantes de la Iglesia: la concienciación misionera de la misma y la  solidaridad económica a favor de los más desfavorecidos en los lugares donde trabajan nuestros misioneros.
Hace unos días la Santa Sede nombraba como nuevo director de OMP en España a D. Anastasio Gil García. El día 5 de mayo tomaba posesión de la Dirección Nacional. Creo que ha sido una buena elección. Conoce a fondo la Misión y, por tanto, Obras Misionales Pontificias. Lo puedo afirmar con conocimiento de causa porque, a lo largo de estos últimos diez años que hemos trabajado juntos, he podido comprobar su entrega generosa, su amor a Jesucristo y su gran pasión por la Iglesia. Unidos en el esfuerzo como una piña, nuestra labor ha producido, por la gracia de Dios, muchos frutos. Estoy seguro de que D. Anastasio Gil seguirá mostrando, en esta nueva etapa, la buena disposición de siempre y su gran espíritu de trabajador incansable. Con la ilusión y el ímpetu que le caracteriza, continuará desarrollando con ejemplaridad el servicio encomendado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
Me despido de los directores diocesanos, trabajadores y voluntarios de OMP no porque les deje sino porque la Iglesia me pide seguir enseñando, conduciendo y santificando la Diócesis de Pamplona-Tudela y ahora, también, quiere que ayude en el Comité Ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española. Les dejaría si mi decisión estuviera fuera de la voluntad de Dios. Pero estoy muy unido a todos cuando, cada uno, cumple el designio que el Señor le ha encomendado. En lo que pueda ayudar, Obras Misionales Pontificias siempre me tendrá a su entera disposición y siempre en comunión de oración.
No puedo por menos que excusarme –y espero encontrar un corazón de generosa misericordia– si alguna vez no he estado a la altura que mi servicio me ha requerido. Pero, sobre todo, deseo que no se olvide que somos meros obreros en la Viña del Señor. Estoy seguro que Él seguirá derramando abundantes dones y gracias divinas a todos; la Luz de las Gentes que es Jesucristo seguirá iluminando y fortaleciendo a las Obras Misionales Pontificias.

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