27 de febrero de 2012

Monja, misionera y campeona de España

María del Pino Rodríguez de Rivera, Mapiconserva la robustez física de la deportista que fue. Tiene 37 años y trabaja como misionera en un barrio marginal de Manila, la capital de Filipinas. Su amor a Dios le ha llevado a 13.000 kilómetros de su Gran Canaria natal para ayudar a los más pobres de la ex colonia española. Pero no siempre fue así. Durante un tiempo vivió "sin rumbo, como perdida, una época en la que todo me daba igual". Buscaba la felicidad en las marchas nocturnas, en las fiestas, incluso en el deporte, donde fue campeona de España de saltos en 1994, con el Club Natación Metropole. "Todo eso es bueno si se vive de forma sana y si se sabe colocar en el lugar que corresponde, pero cuando lo pones en el centro de tu vida, te destruye, porque eso pasa y no es la verdadera felicidad", asegura.


La hospitalidad es uno de los rasgos que más le han sorprendido a Mapi desde su llegada a Manila. "Para cualquier filipino lo primero es la persona, y aunque tengan mucho que hacer, lo dejan todo para atender a quien llega a su casa", comenta. Un rasgo que tienen también -o sobre todo- los pobres de Baseco Tondo, un lugar inmenso que crece cada año porque se van instalando familias de otrasprovincias. "Es impactante ver cuánta gente malvive en la calle. Baseco Tondo es una zona marginal, está en la misma ciudad, pero son como el deshecho de la sociedad, porque nadie quiere saber nada de ellos", asegura. "Sería imposible sacarlos de toda esa pobreza. Se trata de ayudarles a que salgan adelante desde su propia realidad, que aprendan a luchar y a trabajar por una vida mejor".
El trabajo diario de Mapi y sus dos hermanas es, sobre todo, dar a conocer a Jesús, acompañando a las familias a la Eucaristía y otras celebraciones de la devoción popular, pero también ayudarles con ropa y comida, y para ello están aprendiendo tagalog, el idioma local. Es fundamental para poder trabajar con ellos, apunta, pero también como una señal de respeto.
La última vez que Mapi estuvo en su casa fue el verano pasado, para despedirse de su familia antes de partir a Filipinas. Asegura que sus padres y amigos están contentos porque le ven feliz, pero que la vida del misionero es dura. Eso ya lo sabe, y en cualquier caso, como ella dice, "a eso nos llama Jesús y por eso estamos en Manila, en la otra punta del mapa, pero felices de poder darle a conocer".

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