16 de marzo de 2012

Seminaristas con corazón misionero

"Cada seminarista debe tener el corazón abierto a recibir la vocación misionera, porque será ordenado al servicio de la Iglesia universal" 
D. Anastasio Gil, Director Nacional de OMP, en Misioneros Tercer Milenio.

La festividad de San José, 19 de marzo, evoca en el pueblo cristiano de España la realidad de la vocación de quienes han sido llamados al sacerdocio. Es el Día del Seminario. Las comunidades cristianas consideran este lugar de formación como el corazón de la diócesis. Allí han madurado en la llamada quienes más tarde han sido enviados a servir al Pueblo de Dios a través del ministerio sacerdotal.
Desde Misioneros Tercer Milenio reafirmamos nuestro compromiso de colaboración con estos centros de formación. Es nesario que la dimensión misionera se desarrolle armónicamente en el contexto articulado de un plan de formación pastoral, espiritual y doctrinal. Así lo expresaba la Asamblea Plenaria del Episcopado español en noviembre de 1979: “Que en nuestros seminarios, tanto en la vertiente académica como pastoral, nuestros seminaristas reciban una formación que fomente en ellos el espíritu misionero y la disponibilidad para dedicar una parte de su vida sacerdotal al trabajo evangelizador en misiones”. Los frutos no se hicieron esperar. Desde entonces la “salida” de sacerdotes diocesanos a la misión, acogidos a diversas modalidades de cooperación sacerdotal con otras Iglesias más necesitadas, ha sido continuada.
Sin embargo, esta generosa colaboración de sacerdotes misioneros no parece ser correspondida por la atención que se presta al estudio de la Misionología en los centros de formación. El magisterio pontificio sobre la necesidad de esta enseñanza es constante, progresivo, claro, preciso y urgente. Desde el decreto Ad gentes hasta la diversas cartas de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos o los últimos documentos misioneros de la Asamblea Plenaria de la CEE no se ha hecho más que recordar que los seminaristas, sin excepción, deben recibir “una formación” que atienda al mismo tiempo a la “dimensión misionera de la espiritualidad sacerdotal” y a “una enseñanza teológica de alta calidad que tenga en cuenta los aspectos misioneros en los diversos tratados relativos a las ciencias sagradas” (Carta, Pentecostés 1970). Ellos, por una parte, serán los futuros animadores misioneros de las comunidades cristianas, pero, por otra, cada seminarista debe tener el corazón abierto a recibir la vocación misionera, porque será ordenado al servicio de la Iglesia universal (cf. AG 37). En consecuencia, es un deber de los formadores procurar que los candidatos al sacerdocio, además de cultivar y fomentar el amor a la propia diócesis, “estén dispuestos a interesarse por toda la Iglesia universal” (Normas para una mejor distribución del clero en el mundo, Roma 1980). Cuesta creer que la formación misionera de los seminaristas esté quedando reducida, en muchos seminarios, a unos momentos puntuales o a solo aquellos que manifiestan claro interés por la cooperación misionera.
Quienes tienen la responsabilidad de la formación de estos candidatos al sacerdocio deberían procurar a todos los seminaristas una adecuada enseñanza sistemática de la necesidad y pedagogía del primer anuncio del Evangelio, sobre la situación real de la Iglesia frente a otras concepciones del mundo, y sobre las instituciones eclesiales al servicio de la proclamación del Evangelio en los territorios de misión.


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