12 de diciembre de 2012

Cuento de Navidad para los niños

¿Qué hizo la estrella de los Magos después del 6 de enero?

Todos sabéis cual fue la misión que le encomendó el cielo a la estrella de los Reyes Magos: guiarlos desde las tierras de Oriente hasta las de Judea. Avanzaba y dirigía a los reyes principalmente por la noche para que la vieran mejor.
Venía de casarse con un lucero en el Reino de los cielos y ni tiempo le quedó para quitarse el traje de novia, por eso llevaba aún su cola puesta, cosa que no les ocurre a las otras estrellas. En Jerusalén la perdieron de vista quizá se fue de compras-, pero por la noche se presentó de nuevo y los acercó a Belén. Iban los Magos nerviosos por ver al Niño Jesús y entregarle sus regalos, y ella iba tranquila, porque estaba muy acostumbrada a las cosas del Dios.
El caso es que ya en Belén se asomó al portal y, a pesar de lo acostumbrada que estaba a mirar las cosas de la tierra desde el cielo, se quedó boquiabierta al contemplar la escena del portal. El Niño Jesús, con ser recién nacido, brillaba más que todos los luceros que había visto en su vida de estrella, y sintió además que, cuanto más se aproximaba al pequeño, más y más lucía ella misma. Y se dijo:
- Yo me quedo aquí junto a esta madre con cara de reina, junto a este S. José con cara de bueno y junto a este Niño con cara de Rey; Total, los Magos ya no me necesitan; se saben el camino de vuelta...
Pero, estando en estas, llegó un ángel con un recado urgente para ella y un aviso importante para José. El aviso para José era que saliera corriendo, que el Rey Herodes quería cargarse a Jesús; y el recado para la estrella que guiase a la Sagrada Familia hasta Egipto. Nunca en la vida guiaría a nadie más importante que en aquel viaje.
- Cuídamelos bien-, dijo el ángel mensajero a la estrella antes de volar al cielo. 
- Descuida- dijo la estrella-; guiar a esta familia sagrada es el servicio más grande que puede una estrella hacer. En el camino descubrió que el niño Jesús, aunque disimulaba, entendía el lenguaje que ella había aprendido en el cielo hacía dos billones de años luz, así que hablaron y rieron por lo bajo durante todo el viaje, María y José se decían:
- Este Jesús va a ser muy hablador, porque hay que ver el ruido que mete.
Pero llegados a Egipto terminó la misión de la estrella y regresó al cielo.
De su boda con el lucero fueron naciendo millares y millares de estrellas chiquititas. Tantas fueron que pensó que iba a bajar a la tierra y venderlas. Eran calcadas a la estrella de los Reyes que se venden en los mercadillos de navidad. ¡Claro, se parecían a su  madre!
La estrella madre puso su tenderete en el mercadillo de una ciudad famosa y comenzó su negocio. Como no tenía ni idea de los precios de las cosas porque en el cielo no se necesitaba el dinero, puso uno que la gente decía que estaba tirado. 
En un cartel grande escribió: PRECIO DE LAS ESTRELLAS: dos sonrisas unidad. Las personas muy serias no podían comprarlas, las alegres sí. Se hizo pronto una cola enorme, sobre todo de niños. 
Pero también se puso en la fila un abuelo con cara larga y mirada triste detrás de dos hermanos pequeños. Cuando les llegó el turno, se rieron dos veces cada uno y la estrella de los Reyes les dio la mercancía y les felicitó la Navidad. El viejo triste les dijo antes de que se fueran:
- Tengo dos nietos, pero no sé reírme, así que no puedo pagar las estrellas y llevármelas. ¿Podrían reírse dos veces cada uno y que me den dos estrellas para mis dos nietos?
- Eso está hecho, abuelo-, y comenzaron a reírse tanto que la estrella madre, la de los reyes, no acertaba a hacer un paquete con todas las estrellas que se ganaban con sus carcajadas la pareja de hermanos. Les pidió que pararan de reír, que le agotaban la mercancía, cerró el paquete ni sé con cuantas estrellas dentro y se lo dio al viejo que fue feliz.
Mientras se alejaba con su paquete de estrellas, los niños vieron que, de vez cuando abría aquel señor mayor el paquete y, al hacerlo, le daba risa. Lo cerraba y se quedaba serio; volvía a abrir y volvía a reír. Así se fue aquel abuelo a casa de sus nietos con el paquete de risas (perdón: con su paquete de estrellas) que se lo habían llenado aquellos dos niños que encontró en el mercadillo.
Xavier Ilundain SJ.
Revista Gesto Noviembre- Diciembre 2012

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