21 de enero de 2013

Compartir mi felicidad con ellos

Iniciamos un nuevo año, nuevas aventuras y muchas oportunidades para hacer el bien y hablar de Jesús. Además, celebramos este mes, el día 27, la Infancia Misionera. Aquí tenemos un bellos testimonio que nos viene de tierras africanas, Egipto, de la mano de la Hermana Expedita, misionera comboniana que nos contagia de una buena dosis de espíritu misionero.

Hace muchos años, cuando tenía unos 14, me di cuenta por primera vez de que no todos los niños y niñas del mundo eran felices como yo, que podía contar con una familia maravillosa, que me ayudó a conocer a Jesús, nuestro mejor Amigo y Señor; que me dio una casa donde vivir, me ofreció la posibilidad de ir a la escuela o de ser curada cuando esta enferma. Y entonces empecé a preguntarme: ¿por qué soy tan feliz y otros niños no? ¿Qué puedo hacer para compartir mi felicidad con ellos y ayudarlos a ser más felices? Y así Jesús empezó a hacer crecer dentro de mí el deseo de compartir mi vida con los más necesitados, con los que más sufren. Mi felicidad se encontraba en esta vocación religiosa misionera comboniana.
Mientras estuve en Canarias, mi tierra de origen, fui catequista de varios grupos de niños y  niñas. Con ellos compartía esta vocación invitándolos a rezar por los más necesitados, a leer y conocer las realidades de estos hermanos e intentar compartir algo de lo mucho que ellos tenían.
Durante ocho años viví en medio del pueblo sudanés y fueron los niños y mujeres de allí los que me enseñaron muchas cosas. Recuerdo a Samuel, un niño de seis años que venía a nuestra guardería. Tenía un hermano y una hermana más pequeños que él. Se quedaban en la cabaña con la mamá. En la guardería dábamos el desayuno a los niños -un plato de lentejas o de judías- porque en casa solo comían por la noche. Algunos niños estaban tan débiles que antes de entrar en clase les dábamos cinco dátiles. Las maestras me dijeron que Samuel solo comía uno y que los otros cuatro los metía en su bolsillo. Un día llegué más temprano y vi con mis propios ojos la escena que se repetía cada mañana. Me acerqué a él y le pregunté por qué guardaba los cuatro dátiles. Empezó a llorar y después de un buen rato intentando tranquilizarlo me dijo: "¿No lo entiende hermana? ¿No sabe que mi madre y hermanos están todo el día en casa sin comer? Al menos puedo compartir con ellos estos cuatro dátiles. Yo ya desayuno aquí." ¡Que bonita lección de amor en medio de una gran pobreza!
Podría hablaros de Sergio, Sabrina, Peter, Ayak, Bakhita... Cada uno de ellos me enseñó algo en el arte de COMPARTIR, AYUDAR. Pero para ello necesitaría todo el espacio de esta revista.
Extraído de la "Revista Aguiluchos" Enero 2013

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