20 de febrero de 2013

Dichosos los que tienen hambre y sed de hacer la voluntad de Dios


En estos casi 11 años que llevo viviendo en el Uruguay, he vivido el privilegio de haber podido acercarme a diversos lugares y personas, (“lugares de atracción, de seducción”, lo llamaría D. Aleixandre) que me dieron la oportunidad de experimentar  algo de lo que viven y padecen tantas personas en situaciones de tanta inhumanidad y de tanto dolor. Y, con ellas, sentir que allá nos pasó algo.
Son situaciones y lugares a los que no me “apetecería acercarme”, pero la llamada que siento es más fuerte que mis deseos o mi voluntad, no me puedo resistir, no puedo negarme ni huir, me siento “llevado”.
Así en estos años me acerqué a varios penales: la Tablada, la cárcel de mujeres de Cabildo y ahora al CNR, la Cárcel Central; a esas esporádicamente y para celebrar casi siempre la Eucaristía. Al Comcar fui un año semanalmente con otras cuatro personas de la Pastoral Penitenciaria de Montevideo. Pero también siento la misma atracción al entrar en un  cantegril (asentamiento de casas hechas con cartones y chatarras a las orillas de la carretera o del río) de la Ciudad Vieja, al visitar y acompañar a enfermos terminales, en sus casas, en el hospital Maciel o en las clínicas.
IMG 70111Siempre, antes de cruzar la puerta y llegar al encuentro con la persona, desde hace muchos años, hago esta oración, la misma que pronuncio al inclinarme ante el altar al comenzar la celebración de la Eucaristía: “Pon Señor tus PALABRAS en mi boca y hazme servidor de tus gestos de AMOR”. Porque soy muy consciente que el mismo Señor que nos “mandó” en la última cena: “tomen y coman,…tomen y beban,…hagan esto mismo en memoria mía “, también nos “mandó”: “si yo que soy el Maestro y el Señor les he lavado,… sírvanse, háganse unos a otros lo mismo, como yo lo he hecho”, y no solo el jueves santo en la celebración. Si nos quedamos sólo con el primer mandato, celebrar la Eucaristía, y despreciamos el segundo, amar sirviendo a los hermanos, vaciamos el mandato del amor del Señor y la eucaristía se puede quedar en la repetición de un mero rito vacio. Y esto vale para todos los  discípulos del Señor, laicos, obispos, religiosos, presbíteros,…
En ambas situaciones, el encuentro con las personas o en la celebración de la eucaristía, soy consciente y asumo que desde ese momento en mas, yo no controlo, no dirijo, no hago,…nada, me dejo hacer y llevar, y siempre es un acontecimiento novedoso, sorprendente, diferente, removedor y conmovedor.
Muchos de los encuentros con las personas, tanto en la cárcel como con los enfermos, se convierten para mi en una autentica experiencia de la zarza ardiente de Moisés: espacio de encuentro con Dios y de escuchar su voz, de entrar con respeto, humildad y en actitud de apertura, descalzándome de mis pretensiones y resistencias. Siento que ahí soy llamado por mi nombre e invitado insistentemente a:
  • Dejarme cambiar la mirada para mirar y ver a la manera de Dios: el dolor profundo producido por  tanta injusticia y opresión.
  • Dejarme cambiar mis oídos para escuchar los clamores, gritos, anhelos, ansias, necesidades,…
  • Dejarme cambiar mis entrañas para con-sentir en padecer en carne propia los dolores, los desesperos, la impotencia, la amargura y el grito de protesta por una vida con una herencia maldita: nacer y vivir para sufrir y morir antes de tiempo.
  • Dejarme cambiar mis planes y proyectos y sentirme enviado por El a ser servidor de su sueño, del Reino.
Esta es la experiencia de la COMPASION divina que aparece doce veces en los evangelios y la expresión mas profunda que conmociona a Jesús ante el dolor  de su pueblo. Para mi la experiencia de la COMPASION que estos encuentros me producen me atrapa muy dentro, no la puedo controlar o dominar, se me queda grabada como a fuego, imborrable, lo que veo, huelo, escucho,  toco, siento,…me golpea y se me queda dentro.
¿Que nos pasa en muchos de estos encuentros?:
  • Que se crea un espacio sanador, un oasis de vida, de confianza, de apertura, de afecto,..con un abrazo de bienvenida.
  • Donde se puede pedir perdón, claro y a lo concreto, reconociendo el daño y el dolor producido por decisiones equivocadas.
  • Donde se pueden bajar las defensas y sacar los mejores sentimientos, anhelos, deseos, expresar con libertad los afectos y dejarse querer.
  • Donde se puede compartir lo que se tiene y guardar para los y las que lo precisan más.
  • Orar, pedir, agradecer, confiar,…al Padre-Madre de todos y todas, que nos ama y da la vida.
  • Dar y recibir LA PAZ, signo de la presencia del resucitado, de estar a gusto juntos y sentir la necesidad de contagiarla a los demás: el abrazo de la PAZ.
  • Agradecer todo lo vivido y expresar las ganas de que se repita: el abrazo de despedida.
 ¿NO SERÁ ALGO DE ESTO LA DICHA DE LA QUE HABLA JESÚS CUANDO NOS INVITA A DESCUBRIR LA FELICIDAD DE TENER HAMBRE Y SED DE LA JUSTICIA DEL REINO; DE  LA VIDA Y  EL SUEÑO,  DE HACER LA VOLUNTAD DE DIOS? 
Josexto   García, ADSIS
Extraído de enclavedefe.com

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