1 de abril de 2013

Juana Bigard: una revolución a favor de las Vocaciones

Juana Bigard y su madre Estefanía...

El “ayúdanos” que Pablo escuchó del macedonio (cf. Hch 16,9-10) viene a ser un símbolo de cómo el mundo, muchas veces de manera inconsciente, ansía que alguien le lleve una respuesta a sus necesidades y, sobre todo, al más profundo de sus anhelos: poder vivir conforme a la dignidad de hijos de Dios. Millones de personas esperan el Evangelio, y la Iglesia debe “dar el salto” para ofrecérselo, por medio de palabras y de gestos de caridad concreta que lo hagan visible. “Doquier nos apremia la urgente necesidad de procurar la salvación de las almas en la mejor forma posible; doquier surge la llamada «ayúdanos», que llega a nuestros oídos”, escribía el beato Juan XXIII en su encíclica misionera Princeps Pastorum (n. 3). Y también el decreto Ad gentes señalaba que hay que facilitar el que “todos y cada uno de los fieles conozcan plenamente la situación actual de la Iglesia en el mundo y escuchen la voz de las multitudes que claman: «Ayúdanos»” (n. 36).
La Obra de San Pedro Apóstol nació ante las necesidades de ayuda para el clero indígena planteadas por el obispo francés de Nagasaki, Mons. Jules-Alphonse Cousin, de la Sociedad de Misiones Extranjeras. Él se encontró en su diócesis de Japón con cristianos que, por miedo a las persecuciones, evitaban los auxilios espirituales de los misioneros extranjeros, pero que podían ser fácilmente atendidos por sacerdotes del país. Juana Bigard y su madre, Estefanía, en contacto epistolar con el obispo, se movilizaron poniendo en marcha en 1889 esta Obra de apoyo a las vocaciones nativas. Ellas, como Pablo, respondieron con generosidad y presteza al grito “¡ayúdanos!” que seguía resonando en el corazón de los evangelizadores, como sucede permanentemente en la historia personal y silenciosa de cada uno de los misioneros y misioneras que, dejándolo todo, pasa a la otra orilla.
Como señaló Juan Pablo II, Juana y Estefanía “comprendieron la llamada de Dios para consagrar sus recursos, sus energías y toda su vida a la promoción del Evangelio por medio de la formación de los sacerdotes, así como de hombres y mujeres consagrados, y supieron forjar con entusiasmo y tenacidad un instrumento apto para la realización de este noble propósito”.
En particular, Juana Bigard, que se había ofrecido a la voluntad de Dios, conoció, andando el tiempo, el misterio de la cruz que había presentido: “Sufriré mucho –escribía en 1903–, pero si a este precio la pequeña semilla de mostaza debe germinar y crecer, yo sería culpable si lo rechazara”. “Desde luego –añade Juan Pablo II–, su generoso sacrificio ha sido fecundo. La Obra de San Pedro Apóstol le debe mucho, pues ella pudo desempeñar su papel y favorecer realmente el crecimiento del número de las vocaciones en las Iglesias jóvenes”.

  • Más información sobre la Fundadora de la Obras San Pedro Apóstol, aquí

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