18 de junio de 2013

Que hace una familia misionera en Australia

Queridos amigos,
antes de nada, agradecer que nos pidáis nuestro testimonio. ¡Siempre es una alegría poder compartir las maravillas que el Señor hace en nuestra vida!
Primero me presentaré para que nos conozcamos un poco mejor: mi nombre es Julio, estoy casado con Nuria y tenemos 10 hijos (Isabel de 18 años, Julio de 16, Pablo de 15, Maria de 13, Cecilia 11, Javier 9, Nuria 6, Almudena 4, Ana 1  e Ines de 9 meses) Yo soy cordobés y mi mujer madrileña, aunque vivíamos en Córdoba. Soy Ingeniero de Montes y trabajaba en la lucha contra incendios forestales, Nuria es ama de casa y los niños están estudiando.
Llevamos en la misión casi un año, en un pequeño pueblo ("suburb" dicen aquí) a una hora de Sydney (Australia).
Supongo que estaréis interesados, al menos, en dos asuntos:¿qué hace una familia de misión? ¿Qué necesidad hay de misión en un país tan desarrollado como Australia?
Bueno, nosotros pertenecemos a las Comunidades Neocatecumenales, un itinerario dentro de la iglesia para redescubrir la riqueza y la fuerza del Bautismo, que se materializa en pequeñas comunidades dentro de la parroquia. En nuestro caso la parroquia de Jesús Divino Obrero de Córdoba. En este itinerario, Nuria y yo hemos descubierto que el Señor nos quiere como somos, sin exigirnos nada. El se ha dado totalmente por nosotros, ha muerto y ha resucitado para darnos vida eterna y para hacernos libres. Pero ¿qué libertad? la libertad de amar al otro, sin reservas, hasta al enemigo y hasta la muerte. Esta es la buena noticia que cambió nuestras vidas y puede cambiar el mundo. Y todo ello, contando con mi incapacidad para ese amor, mis pecados que me obligan a vivir para mí mismo, a buscar que los demás vivan para servirme ¡que tantas veces impide que ame a mi mujer, a mis hijos, a mis compañeros de trabajo, a mis hermanos de comunidad...! Pero Él, en vez de juzgarme ha dado su vida por mí y me perdona.
Para descubrir y vivir esto ha hecho falta mucho tiempo, porque soy muy "duro de entendederas". Muchas caídas, pecados y equivocaciones. Sin embargo, el Señor en su Iglesia, hecha carne en hermanos concretos en mi comunidad, me ha acogido siempre, me ha corregido y me ha enseñado, sobre todo el perdón. De todo este tiempo me queda una certeza: soy un desastre pero el Señor me ama.
Durante esta maduración de la fe, se nos ha presentado la llamada a una vocación concreta: anunciar este amor en cualquier parte del mundo. Este amor que se ha hecho concreto en un matrimonio bendecido con mucha vida pero que tiene que agarrarse todos los días al Señor para ser fiel. 
Esta llamada fue madurando. Hubo un primer intento hace ya 13 años en que no nos atrevimos a dar el paso por miedo (en especial miedo al sufrimiento de nuestros hijos). Pero el Señor nos fue trabajando, ayudándonos a comprender que el sufrimiento es propio del hombre y que, si El está presente, tiene un sentido nuevo, sirve para crecer, para acercarnos a Él y a los demás. De hecho, una de nuestras hijas nació con un problema de corazón y estuvo a punto de morir: por mucho que yo la quisiera, nada podía hacer; aprendí que su verdadero padre es Dios, Él sabe lo que necesitamos mejor que nadie porque nos ha hecho y seguir su llamada es lo único que nos hará felices. 
Así, hace tres años fuimos a una convivencia internacional y nos tocó Australia. Nuestros hijos mayores también tuvieron que acoger personalmente esta llamada, porque un cambio tan importante tiene que ser aceptado, no impuesto. Fueron dos años de preparación, y de ¡desesperación! Los documentos para el visado eran interminables y siempre faltaba algo. Más de una vez decidimos tirar la toalla y decirle al Señor que evangelizara otro... Pero sorprendentemente, el Señor nos dio perseverancia y paciencia y pudimos partir en Junio del año pasado.
Como os podéis imaginar, esto no ha sido fácil: hemos dejado trabajo, amigos, comunidad, nuestras "cosas"... Pero el Señor nos ha dado el ciento por uno, sin ahorrarnos sufrimiento (en especial la sensación de desarraigo y soledad, una gran precariedad en todos los sentidos, económica, afectiva, espiritual) Pero todo esto nos ha servido para aprender que sólo en Él podemos apoyarnos y que si algo hacemos es porque nos lo regala.
Cuando llegamos, no sabía en qué podía consistir nuestra misión: Australia, y en especial Sydney, es uno de los lugares más desarrollados del mundo, donde no ha tocado la crisis: la gente tiene mucho dinero y muchas posibilidades. Sin embargo, pronto descubrimos que hay un profundo poso de tristeza en este país. Hay muchas personas solas, familias destruidas y falta de esperanza. De hecho, hay muchas personas que no han conocido una familia: madres solteras, mujeres con varios hijos de padres diferentes, hombres que han tenido varias relaciones, incluso con hijos, y que terminan solos, abusos... En este país, hay una tasa de suicidios y alcoholismo muy alta.
Frente a esa realidad de personas que no se han sentido amadas gratis nunca, sólo hay una solución: predicar que Cristo ha muerto y resucitado por ellas, que las quiere y que hay otra forma de relacionarse. En especial, es necesario recomponer la familia cristiana, el lugar donde podemos sentirnos queridos por nosotros mismos. Pero quienes no han conocido nunca una familia, ¿cómo les puede nacer el deseo de vivir así? Sólo si lo ven: unos padres que viven juntos toda la vida, abiertos a la vida, cuidando y queriendo a sus hijos. Y eso a pesar de ser gente normal, con problemas, sin dinero, que se pelean pero que se pueden perdonar.
Y esa es nuestra misión, ser una familia, testigos del amor de Dios, que nos permite vivir juntos a pesar de nuestros pecados. Tan simple, y tan superior a nuestras fuerzas. Y ahí vemos como el Señor, día a día nos da su gracia. 
Como veis, nada espectacular. Y además todos los días con la tentación de pensar que no estamos haciendo nada y que para esto, mejor en Córdoba (donde, por cierto, se vive mejor).
Hasta ahora, el Señor nos ha ayudado a no desertar. Como dice el evangelio: "A cada día le basta su afán"

Un abrazo para todos de Julio, Nuria y los 10.

Rezad por nosotros.

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