8 de octubre de 2013

Desde Vanuatu, anunciando la buena noticia del Evangelio

Soy uno de los 14.000 españoles que un día sintió la llamada del Señor para anunciar la buena noticia del Evangelio en los lugares más perdidos del mundo.


Antonio López García-Nieto
Un buen día, leyendo el libro de los Hechos me encontré con estas palabras: “Seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). También en Jeremías se dice: “Naciones, oíd la Palabra de Dios; anunciadla en las islas lejanas”. (Jer 31, 10). Me lo tomé al pie de la letra y aquí me tienes, en los confines de la tierra, en las islas lejanas, en la isla de Tanna, al sur del archipiélago de Vanuatu, en plena Melanesia, Oceanía, a 17.000 km de España. Si pones en “buscar” de Google Earth la palabra Lowanatom, en unos segundos podrás ver el lugar donde me encuentro, una pequeña misión perdida en medio del mar.
Llegué a Oceanía con 18 años, siendo un joven religioso con la sangre en las venas y con ganas de comerme el mundo. Hoy tengo 55. Han transcurrido 37 años y me siento plenamente integrado en este mundo y en esta cultura adonde el Espíritu me trajo casi sin que yo me diese cuenta.
Pertenezco al Instituto de los Hermanos del Sagrado Corazón. En España nos llaman también Corazonistas. Nuestra misión en la Iglesia es contribuir a la evangelización por la educación de los niños y los jóvenes anunciándoles el amor de Dios. Fuimos fundados en 1821 en Lyon (Francia) por el Padre Andrés Coindre en respuesta a la precaria situación en que se encontraban los niños y jóvenes después de la Revolución francesa. Hoy estamos presentes en 33 países de los cinco continentes.
Pues bueno, aquí estoy, aquí estamos, viviendo nuestra misión entre los jóvenes de Tanna, felices de haber recibido esta misión del Señor. Somos una comunidad internacional de cuatro hermanos: dos vanuateses, un canadiense y un español; por lo tanto de razas negra y blanca. Somos testigos de que es posible la fraternidad universal, de que en Cristo no hay barreras de razas, de culturas, de lenguas que nos separen, de que todos somos hermanos. Llevamos entre manos la evangelización, la educación humana y cristiana de cerca de 200 jóvenes entre 11 y 19 años.
Mi vida es muy sencilla, consiste en entregarme cada día en múltiples actividades a los jóvenes con quienes trabajo. Fundamentalmente enseño francés, historia y religión, pero me ocupo también de la pastoral del colegio, de la biblioteca, de los proyectos de desarrollo, de la enfermería. No puedo decir que tenga tiempo para aburrirme, pero esta entrega y dedicación me hacen muy feliz.
Vivo en medio de una cultura muy distinta de la mía de origen, la cultura melanesia. La gente vive de una forma muy sencilla y muy en contacto con la naturaleza, muy lejos de los consumismos de las sociedades occidentales. He aprendido mucho de ellos en tantos años como llevo por esas islas. Ellos también me han evangelizado a mí. Creo que nos hemos enriquecido mutuamente.
Si hay jóvenes que sienten en su corazón la llamada que yo sentí también a mis 18 años, les diría que no se lo piensen dos veces y que respondan con generosidad. El Señor colmará con creces esa semilla que comienza a nacer y no se arrepentirán de haber puesto su confianza en él. Ha sido mi experiencia en estos 37 años de vida misionera.
Que el Corazón de Jesús y Santa María de las Misiones, nos sostengan en nuestra misión y nos ayuden a construir el Reino hasta los confines del mundo, hasta las islas lejanas.

Un abrazo,

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