3 de octubre de 2016

Octubre Misionero

Año tras año, la Jornada Mundial de las Misiones nos pide que tengamos siempre presentes las necesidades del mundo y la impresionante labor callada de esos misioneros que se dejan la piel al servicio de los demás, en los lugares más olvidados o difíciles. 



Todo el “Octubre Misionero” es un tiempo especial para recordar que la misión es expresión de la universalidad de la Iglesia, que se preocupa también, y de manera especial, de quienes no conocen el Evangelio, en las periferias de cualquier tipo y hasta los confines del orbe. Lo que se nos solicita es que no dejemos de poner nuestro grano de arena y de confiar en Aquel que puede hacer fructificar cada mínimo gesto realizado en favor de esta tarea inmensa.

El DOMUND nos anima a colaborar con nuestra oración y nuestra ayuda económica, pero también a que cambiemos las actitudes que nos encierran en las preocupaciones particulares, por otras disposiciones que ensanchan la mirada y el corazón a los horizontes de toda la humanidad. No vale tirar balones fuera, convirtiendo esto en un deseo etéreo, porque hablamos de un paso bien concreto y posible: “«salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana”, según dice el papa Francisco en su Mensaje para esta Jornada. Es hacer de la propia vida un don gratuito, un signo de la bondad del Señor.

Permitir que, a través de nuestras obras de misericordia, alcance a los demás esa ternura del amor materno de Dios es el primer “movimiento misionero” que podemos abrigar en nuestro interior. Pero es que realmente el mundo, cada persona, tiene ansia de Dios, y no logrará saciarla si nosotros, individual y comunitariamente, “en Iglesia”, no le ofrecemos la palabra que se lo anuncie. Si esto es así respecto a nuestro entorno más cercano, cómo no iba a serlo cuando se trata de cumplir el mandato misionero del Señor y de hacer efectivo el derecho de todas las personas y culturas de recibir el anuncio de la salvación que transforma la vida.

Por eso, es inevitable escuchar el “Sal de tu tierra” como una invitación a plantearse y, en su caso, acoger la vocación misionera. Es necesario que haya nuevas personas abiertas y dispuestas a “pasar a la otra orilla”, urgidas por todos esos pueblos que aún no han oído hablar de un Dios que es amor, bondad y ternura. Hacen falta más testigos de Jesucristo que salgan “de su patria y de la casa de su padre” para recorrer los caminos del mundo y llegar a todas esas periferias que necesitan la luz del Evangelio, y especialmente a los pobres. También esto forma parte de nuestra responsabilidad misionera: pedir al Señor que nos envíe vocaciones para la misión ad gentes y nos impulse a todos a dejar atrás la inmovilidad, para participar en una renovada “salida” misionera de la Iglesia.

Fuente:
Rafael Santos
Illuminare nº398 - Octubre 2016

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