24 de febrero de 2017

Vivir y acompañar en el exilio

La reflexión de una misionera tras salir de Sudán del Sur y vivir en un exilio.


Durante esta semana hemos oído hablar mucho sobre la situación que padece la población de Sudán del Sur. El Papa ha hecho un llamamiento a la comunidad internacional para ayudar este pueblo "Que el Señor sostenga a estos hermanos nuestros y a cuantos trabajan para ayudarles" pedía Francisco. El pasado miércoles compartíamos el testimonio de una misionera comboniana que decidió no abandonar a su pueblo y acompañar, en el exilio, a sus hermanos sudaneses. "Nosotras las misioneras, optamos por quedarnos con el pueblo aún en situaciones de peligro, si es necesario, conscientes de que nuestra vida la hemos ya donado al Señor" decía esta misionera. Ahora se encuentra en Uganda, cerca del campo de refugiados donde realiza un servicio de pastoral y a acompaña a sus hermanos en su exilio, que también es el suyo.

Estamos a punto de entrar en el tiempo de Cuaresma y el Papa en su mensaje nos recuerda que es un "tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado... cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor". Por esto queremos compartir con ustedes la reflexión que ha enviado esta misionera comboniana desde "su exilio". Deseamos que les ayude para que en esta Cuaresma puedan abrir los ojos, ante los más débiles y acogerles y hacer suyas las palabras del Santo Padre "El otro es un don"

Reflexión de una misionera comboniana que vive y acompaña a los hermanos de Sudán del Sur en su exilio

"¡Bendito sea Dios! Hago memoria de la Palabra divina que hoy me ayuda a leer esta nueva realidad de "exilio":  Todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, cuidad de practicarlos, para que viváis, os multipliquéis y lleguéis a tomar posesión de la tierra que Yahveh prometió bajo juramento a vuestros padres. Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos.

Exilio es una palabra grávida de significado teológico, en la tradición bíblica esta dinámica es importante:

      Salida = éxodo      Experiencia del desierto = exilio     Entrar en la tierra prometida = retorno

La salida, el éxodo tiene lugar a toda prisa, hay angustia, miedo, no hay completa lucidez de lo que está sucediendo. El tiempo es limitado y se intenta llevar consigo todo lo posible, se selecciona aquello que se considera importante para la vida. En la prisa y en el pensar a las cosas, se pierde un poco la consciencia de lo que realmente se está dejando atrás, de lo que está sucediendo en lo profundo del corazón. Ignoramos de hacernos ciertas preguntas: Qué cambio de vida es necesario actuar de ahora en adelante? Qué es necesario que muera para que una nueva vida surja? Con la falta de consciencia se corre el riesgo de la superficialidad: se llega a la nueva destinación con las cosas de antes y se intenta reconstruir una rutina como la de antes sin darnos cuenta de la ruptura, y que la continuación es mas imaginaria que real. Intentamos adaptar lo viejo a lo nuevo, el pasado al presente como quien quiere llenar la brecha que se ha creado entre la salida y la entrada en una nueva tierra.
La salida es un pasaje dramático y es necesario profundizar su significado y escuchar el propio corazón, reflexionar y darse cuenta de lo que está sucediendo dentro y fuera de nosotros, se necesita lucidez de mente y de corazón para comprender las implicaciones de la salida; porque no hay entrada en la tierra prometida sin antes experimentar el drama de la salida y la privación. El exilio no es el automático transferirse de una región a otra o de un régimen político a otro. El exilio es la situación interna de nuestro corazón, de nuestra humanidad cuando no somos capaces de estar juntos y vivir en armonía. Exilio es la condición de cada uno de nosotros cuando no somos capaces de reconocer en el otro, otro yo.

La experiencia del desierto es oportunidad de un nuevo aprendizaje: Dios guía a su pueblo en el desierto y lo pone a la prueba, para conocer lo que había en su corazón, exilio es condición de posibilidad para aprender el buen vivir. En el exilio Dios reeduca nuestro corazón para que podamos aprender de nuevo a amar, a vivir en armonía y para que seamos capaces de reconocernos como pertenecientes a la misma familia humana.

Entrada en la tierra prometida/ retorno: Yahveh tu Dios te conduce a una tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y hontanares que manan en los valles y en las montañas, una tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados; tierra de olivas, de aceite y de miel. Comerás hasta hartarte, y bendecirás a Yahveh tu Dios en esa tierra buena que te ha dado. Guárdate de olvidar a Yahveh tu Dios descuidando los mandamientos, no sea que cuando comas y quedes harto, tu corazón se engría y olvides a Yahveh tu Dios que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre. No digas en tu corazón: «Mi propia fuerza y el poder de mi mano me han creado esta prosperidad».

Y cuando llegas y entras a la tierra prometida, tampoco sucede de modo automático, entrar es tan dramático como salir. Hay que estar atento para captar la gratuidad del don recibido y del donador, don que ha de ser descubierto y valorizado. Alardear de nuestras propias fuerzas es orgullo que nos impide de reconocer y bendecir al Señor, y nos conduce a olvidarlo. El orgullo genera la murmuración, el malcontento, el rechazo de lo nuevo y la reivindicación de los propios derechos y la afirmación de sí mismos.  En la tierra prometida se entra en calidad de huéspedes,  con la humildad de quien acepta un don, se entra con la conciencia de tener que aprender de nuevo a vivir bien con todos, a amar y a reconocer a Dios y a los demás, es el retorno a la unidad originaria del Edén... que así sea! "

Nosotros hoy rogamos por este Pueblo y por tantos misioneros que permanecen junto a él y les invitamos a que hagan lo mismo #oremosXmisioneros.

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